Como muchas personas, me gusta escribir de mí mismo. Me gusta tornarme en mi propio objeto y caso; en espejo y reflejo plagado de taras y peculiaridades de las que saco más tormento que beneplácito. Ando por la ciudad ensimismado con los ojos volteados hacia dentro, buscando allí dentro al mundo. Me gusta pretender también que he aprehendido grandes ideas abstractas sobre las que sólo conversan grandes aprehendores-de-ideas-abstractas, y me gusta circunscribir mi relación con el mundo a la manera en que me desagrada —y en cómo en consecuencia creo que yo le desagrado—.
Me gusta comentar: chapucear sobre las referencias sobre hechos y especulaciones, y pronunciarlas de tal manera que se afirme aquéllo de que el que habla comprueba. Leo mucho, comprende poco y sé explicar mucho menos; hablo un chingo, escucho mirruñas y entiendo nada. Me creo lingüista y traductor, me creo aciago y suertudote.
Tampoco sé estruturar una narración y entro en pánico al escribir o tratar con desconocidos.
¿Son esas suficientes razones para creerme un doxóforo?
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